Dolores Hidalgo C.I.N., Gto., a 20 de enero de 2026.- Hace cien años, un 19 de enero de 1926, nació un hombre que no estudió música, pero entendió el alma, José Alfredo Jiménez llegó al mundo para convertir la pena en canto, el despecho en rito colectivo y la cantina en catedral. Desde Dolores Hidalgo, su nombre se volvió sinónimo de verdad emocional: directa, sin adornos, como el tequila que arde y consuela.

José Alfredo escribió con palabras sencillas y sentimientos hondos. No necesitó metáforas rebuscadas para decirlo todo. “No vale nada la vida”, sentenció alguna vez, y en esa frase cabía el desamor entero de un país. Sus canciones no explican: confiesan. No consuelan: acompañan. Por eso siguen vivas, porque cada quien encuentra en ellas su propia herida.

En sus letras habita el México de sobremesa y madrugada, de orgullo herido y dignidad a pulso. “Que te vaya bonito”, deseó con elegancia amarga; “yo sé bien que estoy afuera”, reconoció en “El Rey”, y con eso bastó para declarar una filosofía: el amor puede fallar, la dignidad no. José Alfredo hizo del lenguaje cotidiano una poesía que se aprende de memoria.

Imposible hablar de su legado sin nombrar las piezas que lo convirtieron en clásico inmediato y eterno. “El Rey”, “Si nos dejan”, “Amanecí en tus brazos”, “Un mundo raro”, “Caminos de Guanajuato”, “Paloma querida”, “La media vuelta”, “El último trago”, “Que te vaya bonito”, “No me amenaces”. Cada una es un espejo distinto del mismo corazón: el que ama sin cálculo y sufre sin pedir permiso.

Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida”, escribió, y esa promesa simple ha sellado bodas y despedidas por generaciones. “Amanecí otra vez entre tus brazos”, cantó, y el verso sigue despertando nostalgias en cualquier rincón donde suene una guitarra.

A cien años de su nacimiento, José Alfredo Jiménez sigue cantando en la voz de otros —Jorge Negrete, Pedro Infante, Chavela Vargas, Vicente Fernández— y, sobre todo, en la voz anónima de quien se atreve a cantar cuando duele. Su obra no envejece porque no depende de la moda, sino de una verdad que se repite: amar es arriesgarlo todo.

José Alfredo no fue sólo compositor; fue cronista del sentimiento. Hizo del desamor una forma de identidad y del orgullo una manera de seguir de pie. Por eso, al cumplirse un siglo de su nacimiento, no se le recuerda: se le canta. Y al cantarlo, México vuelve a decirse a sí mismo, con copa en alto y el corazón abierto, que mientras exista una pena que cantar, José Alfredo seguirá vivo.

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