Por: Laureano Covarrubias D.
Celaya, Gto., a 12 de enero de 2026. La inesperada captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses a inicios de enero de 2026 ha cambiado de forma abrupta el tablero geopolítico de América Latina. Desde la Casa Blanca, el expresidente de Estados Unidos y actual figura central del debate político mundial, Donald Trump, no tardó en proyectar esa operación más allá de Venezuela, poniendo en la mira a Cuba, Colombia y México con una retórica que oscila entre advertencias, amenazas veladas e impulsos revanchistas. En este contexto, México enfrenta una encrucijada geoestratégica sin precedentes: cómo defender su soberanía e intereses regionales sin aislarse de su principal socio económico ni desatar una crisis diplomática con Washington.
La operación militar que culminó con la captura de Maduro —acusado por Estados Unidos de narco-terrorismo y traslado forzoso a Nueva York— fue celebrada en ciertos círculos de la política estadounidense como una reafirmación del control norteamericano en su “patio trasero”. Trump llegó a afirmar que Estados Unidos “estará corriendo Venezuela” temporalmente para reconstruir su infraestructura petrolera y proteger sus intereses estratégicos.
Pero lo que para Washington puede ser una victoria geopolítica tiene profundas implicaciones para los estados vecinos. Tras el asalto, Trump emitió advertencias explícitas sobre Cuba y Colombia, sugiriendo que podrían ser los próximos en ser “arreglados” si no mejoran su comportamiento según los estándares estadounidenses. En el caso de México, la crítica fue distinta —pero igualmente delicada— al plantear indirectamente la posibilidad de que los problemas de narcotráfico y seguridad fronteriza puedan requerir una intervención más agresiva si no se toman medidas contundentes.
El gobierno de Claudia Sheinbaum ha buscado equilibrar dos prioridades fundamentales: mantener una relación cooperativa con Estados Unidos, especialmente en materias de comercio, migración y seguridad, y, simultáneamente, defender la soberanía nacional y el principio de no intervención. La postura oficial ha sido clara al rechazar cualquier intento de intervención militar estadounidense en México y enfatizar que el país —aunque enfrenta desafíos graves de seguridad— no aceptará soluciones impuestas desde fuera.
En el frente energético y diplomático, México ha retomado también un rol tradicional como proveedor de petróleo a Cuba —un país que enfrenta ahora una aguda crisis energética tras la caída de su principal aliado petrolero, Venezuela—. Aunque el gobierno mexicano asegura que no incrementó esos envíos por encima de niveles históricos, la decisión de mantener ese flujo ha generado tensiones con Estados Unidos, que ve en ello un obstáculo para su estrategia de presión contra La Habana.
La situación coloca a México en una disyuntiva compleja:
- Defender la soberanía y la no intervención, un principio central de la política exterior mexicana desde la Revolución Mexicana, sin perder interlocución con Washington en temas críticos como seguridad fronteriza y comercio.
- Manejar la retórica y las políticas públicas que respondan tanto a la presión estadounidense sobre la lucha contra los cárteles como a la percepción interna de que la soberanía no puede ser negociada a cambio de cooperación.
- Navegar un contexto regional en el que la política del hemisferio se tensiona entre bloques que reclaman autonomía frente a EE.UU. y gobiernos que Temen que la fuerza militar estadounidense se normalice como herramienta de política exterior.
La captura de Maduro no es un hecho aislado: forma parte de una estrategia más amplia que algunos analistas han comparado con una reinterpretación moderna de la Doctrina Monroe, en la cual Estados Unidos reclama un rol dominante en los asuntos hemisféricos y niega espacio a alternativas geopolíticas independientes. Trump llegó incluso a afirmar de forma explícita que su visión de poder global no está limitada por tratados o leyes internacionales tradicionales, lo que incrementa la preocupación en gobiernos latinoamericanos sobre los límites de la cooperación con Washington.
Para México, el reto no solo es reaccionar a las presiones inmediatas, sino definir una estrategia a largo plazo de políticas exteriores y de seguridad que reafirmen su autonomía sin renunciar a la cooperación pragmática. Eso implica orientar su diplomacia hacia mecanismos multilaterales, fortalecer relaciones con otros bloques y reafirmar su liderazgo en foros internacionales, desde la ONU hasta la OEA, promoviendo soluciones que respeten el derecho internacional y la soberanía nacional.
Conclusión
El giro estratégico desencadenado por la captura de Maduro y las declaraciones de Donald Trump sobre la región han puesto a México en el centro de un debate crucial: la defensa de la soberanía frente a un poder hegemónico, y la búsqueda de un equilibrio entre cooperación internacional y autonomía. En un momento en que las reglas del juego geopolítico parecen reescribirse, México debe navegar con cautela, claridad de objetivos y firmeza diplomática para evitar quedar atrapado entre presiones externas y demandas internas, definiendo así su papel en un hemisferio cada vez más volátil.



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